50 AÑOS DE INDEPENDENCIAS EN ÁFRICA.
¿REALES O FICTICIAS?
José Carlos Rodríguez Soto 1

Como ocurre con cualquier cuestión que se refiera a África, para contestar a la pregunta que da título a este artículo hay que empezar haciendo siempre la misma precisión : hay muchas Áfricas y a lo largo de los últimos 50 años de historia de este continente ha habido muchas situaciones diversas. Para ser más exactos, África –que cuenta ahora con alrededor de 1.200 millones de habitantes- está formado por 54 países (55 si incluimos el Sáhara Occidental). El último en sumarse a esta lista ha sido Sur Sudán, que proclamó su independencia el pasado 9 de julio.

¿Son, las independencias de estos países, reales o ficticias ? Se trata de una cuestión que volvió a ser objeto de encendido debate hace no muchos meses, en 2010, cuando 17 naciones del continente celebraron el 50º aniversario de su independencia. Se eligió esta fecha porque fue en 1960 cuando la mayor parte de los actuales países africanos izaron sus nuevas banderas, concretamente: República Democrática del Congo, Camerún, Togo, Malí, Senegal, Madagascar, Somalia, Benín, Alto Volta (más tarde Burkina Faso), Níger, Costa de Marfil, Chad, República Centroafricana, República de Congo, Gabón, Nigeria y Mauritania. Aunque antes de ese año había ya en África otros diez países soberanos, fue en 1960 cuando África entró en la escena internacional con pleno derecho, como una fuerza con la que había que contar, y las potencias más poderosas del momento se dieron cuenta, entre otras cosas, de que esos nuevos países votaban en las asambleas de Naciones Unidas y había que ganárselos como aliados. Y tampoco había que despreciar sus inmensas riquezas naturales, necesarias para la economía de los países más potentes, no en vano África ha sido desde hace siglos la despensa de Europa, donde los países del Norte han acudido cada vez que han necesitado recursos para su economía: mano de obra como esclavos, primero, y materias primas después.

Me resulta muy difícil dar una respuesta única sobre la calidad de sus independencias que valga para todos los países del continente, entre otras cosas porque durante estos 50 años han pasado muchas cosas y ha habido situaciones muy diversas. Cuando visité la República Centroafricana en 1989 me llamó la atención que en el país había estacionadas varios cientos de tropas de Francia, a quien siempre interesó mucho la posición estratégica de este país, desde luego bastante más que el bienestar de su población, una de las más pobres del mundo. A cambio de esta presencia militar, la antigua metrópoli pagaba puntualmente los salarios a los funcionarios centroafricanos, algo sin duda muy ventajoso para el gobierno de Centroáfrica, que se evitaba así la amenaza de posibles tensiones sociales por parte de sus funcionarios. En una situación así podría argumentarse que estamos ante una independencia que tiene visos de ser fictícia. Y lo mismo podría decirse de otros países africanos de la francofonía en los que los servicios secretos franceses han tenido mucho que ver con sus golpes de Estado y cambios en el poder.

Podríamos escribir mucho sobre los casos de países como Gabón y República del Congo, donde sus jefes de Estado (Omar Bongo y Denis Sessou Nguesso) han estado siempre ligados a la francmasonería de la que son también miembros destacados dirigentes franceses. Uno de los casos más llamativos de esta interferencia fue el del asesinato del líder congoleño Patrice Lumumba al poco tiempo de que el antiguo Zaire proclamara su independencia. Las inclinaciones socialistas de Lumumba asustaron bastante a Estados Unidos y Bélgica, quienes encontraron la manera de deshacerse de él provocando su muerte y de esta forma dejando el camino libre a Mobutu Sese Seko, líder que como es sabido arruinó el país con su institucionalización de la cleptocracia, pero fue un gran aliado de Occidente, a quien interesaba que estuviera en el poder para contrarrestar el régimen marxista del MPLA en Angola, su vecino del sur.

Otras situaciones son distintas. Yo viví 20 años en Uganda, y creo que se pueda decir que el Reino Unido haya sido responsible de provocar, por ejemplo, la guerra que yo mismo viví en el Norte del país y que duró de 1986 a 2007, ni de mantener en el poder a su presidente Yoweri Museveni, con quien no raramente ha tenido tensiones, la última de las cuales ha surgido cuando el primer ministro David Cameron ha amenazado hace pocos meses con cortar sustancialmente la ayuda a países que penalizan la homosexualidad, como es el caso de Uganda. Tampoco pienso que el hecho de que el dictador Teodoro Obiang, de Guinea Ecuatorial, lleve en el poder desde 1979 y esté derrochando las riquezas que genera el petróleo de su país para su propio beneficio, haya que achacárselo a los gobiernos que ha tenido España desde esa fecha, aunque puedan cuestionarse determinadas acciones de esos gobiernos con respecto a la antigua colonia española.

Y no hay que olvidar que hay países africanos que han elegido el camino del aislamiento y en los que hay influencia internacional que valga, como es el caso de Eritrea, cuyos seis millones de habitantes viven en una gigantesca prisión bajo la bota de Isaías Afewerki, quien mantiene un ejército de 600.000 personas, apoya descaradamente a los islamistas de Al Shabaab en Somalia (hecho que provocó en 2009 su suspensión de la Unión Africana) y vive permanentemente a la greña con sus países vecinos, particularmente Etiopía, de quien se independizó después de un referéndum en 1991. Mención aparte merecería el caso de Zimbabwe, donde la dictadura de Robert Mugabe que ha provocado que un tercio de los zimbabuos vivan en el extranjero no puede achacarse a los manejos de potencias occidentales, y si alguien tiene responsabilidad en que se mantenga en el poder serían más bien los países africanos –especialmente Sudáfrica- que tanta condescendencia han mostrado con él.

Además, cuando ponemos sobre la mesa la cuestión de si las independencias africanas son reales, no hay que olvidar que durante estos 50 años no sólo han entrado en escena las antiguas metrópolis (Francia, Inglaterra, Bélgica y Portugal, sobre todo), sino también las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, ademés de Israel, Irán y –durante las dos últimas décadas- algunas de las nuevas economías emergentes, como China, India, Brasil y bastantes países árabes.

UNA HISTORIA CONVULSIONADA

Empecemos por el principio, cuando la mayor parte de los países de África obtuvieron su independencia, los años 60. La singladura de estos nuevos países independientes empezó con muchos vientos en su contra. En primer lugar, los países colonizadores que concedieron las independencias (Francia, Inglaterra y Bélgica) no lo hicieron por verdadera convicción, sino más bien forzados por las circunstancias: mantener las colonias se había convertido en algo caro, y aunque en ninguno de estos 17 países hubo guerras anticoloniales, continuar con la relación de dominio hubiera significado desembocar en conflictos en los que ningún país europeo deseaba enredarse. Portugal fue una excepción a esta regla y pagó muy cara su miopía entrando en largas guerras en Angola, Mozambique y Guinea Bissau, hasta la independencia de estos países en 1975 poco después de la Revolución de los Claveles.

En la mayoría de los casos, el traspaso de poderes a las nuevas naciones se hizo a toda prisa y con poca preparación. Baste pensar que R.D. Congo tenía el día de su independencia 16 graduados universitarios, una población mayoritariamente analfabeta y una red de carreteras y comunicaciones poco apta para un país casi tan grande en extensión como cinco veces España. Durante las primeras décadas de sus independencias las antiguas metrópolis continuaron desarrollando lazos de dependencia económica y política con los nuevos países. Y éstos izaron sus nuevas banderas en un mal momento en la escena internacional: la Guerra.

La Guerra Fría estaba en auge, y los dos bloques enfrentados (EE.UU. y la URSS) se afanaron en conseguir aliados en suelo africano, arrastrando a muchos de ellos a guerras interminables, como ocurrió sobre todo en el caso de Angola, que desde el dia de su independencia en 1975 no conoció un solo momento de paz hasta 2002.

Es posible trazar grandes líneas sobre la historia reciente de las independencias africanas. Para ahondar en este tema recomiento el excelente libro de Martin Meredith mencionado al final de este artículo, que fue publicado en inglés en 2005 y hace pocos meses ha sido traducido al castellano. La década de los años 1960 estuvo dominada por los así llamados «Padres de la Patria»: Kwame Nkrumah en Ghana, Leopold Sedar Senghor en Senegal, Houphouet Boigny en Costa de Marfil, Julius Nyerere en Tanzania, Jomo Kennyata en Kenya y Kenneth Kaunda en Zambia, entre otros. Muchos de ellos degeneraron en dictadores que se eternizarán en el poder, aunque hubo excepciones honrosas de líderes que dejaron el poder voluntariamente, como fue el caso de Senghor y de Nyerere. Personalmente, me alegro de que ambos fueran católicos. En esta década surge la primera gran guerra en suelo africano: la provocada por el intento de independencia de Biafra, en Nigeria, que se cobró cerca de un millión de muertos, aunque cuando terminó se llevó a cabo un proceso de reconciliación ejemplar en el que no hubo ni vencedores ni vencidos.

Durante las dos siguientes décadas los nuevos países africanos perdieron un sinfín de oportunidades y la mayor parte de ellos pasaron por golpes de Estado y entraron en conflictos muy sangrantes. En la década de los años 1970 innumerables países africanos estuvieron gobernados por personajes de la calaña de Idi Amin, en Uganda, Bokassa en la República Centroafricana, Macías Nguema en Guinea Ecuatorial, Samuel Doe en Liberia y Seku Toure en Guinea Conakry. Verdaderos verdugos que maltrataron a sus pueblos suprimiendo las libertades, eliminando a opositores reales o ficticios y enriqueciendo a sus familias o clanes a costa de dejar a sus ciudadanos sumidos en la miseria. En medio de esta marea de dictaduras hubo pocas honrosas excepciones, particulamente Senegal y Botsuana, los únicos dos países del continente africano que siempre han tenido un sistema de democracia multipartidista con elecciones transparentes.

Las cosas no hicieron sino agravarse durante los años 80, década durante la cual la mitad del continente está sumida en guerras y rebeliones de una crueldad inusitada: Somalia, Etiopía, Angola, Mozambique, Burundi, norte de Uganda, Chad, Liberia, etc. Mención aparte merece el caso de Sudán, que pasó por dos fases distintas de conflicto bélico entre el Norte y el Sur: primero desde su independencia en 1956 hasta los acuerdos de Addis Abeba en 1972, y más tarde desde la imposición de la ley islámica (Sharia) en el Sur, en 1983 hasta la firma del acuerdo total de paz en 2005.

La caída del Muro de Berlín tuvo un efecto notable en muchos países africanos que hasta principios de los años 1990 contaban con regímenes de partido único y que se encontraron de repente sin sus antiguos padrinos de Europa del Este. Además, por aquellas fechas las potencias occidentales empiezan a condicionar sus ayudas a la adopción de regímenes democráticos multipartidistas. En algunos países de África se organizan conferencias nacionales de transición, con distinto exito: mientras en Benin, por ejemplo, fue un éxito (seguramente gracias a los buenos oficios del arzobispo De Souza, que presidió esta asamblea), en el Zaire Mobutu utilizó el mismo mecanismo de conferencia nacional para mantener ocupada a la oposición y de paso intentar dividirla. Ni que decir tiene que hubo numerosos casos de países africanos que mantuvieron una fachada de multipartidismo pero que en el fondo continuaron siendo dictaduras, como fue el caso de Kenia, Burundi y Uganda.

Pero durante la década de los años 90 se recrudecen los conflictos armados en África y llegan a adquirir niveles de crueldad inimaginables, como ocurrió en el caso de Ruanda, en Sierra Leona y en la República Democrática del Congo a partir de 1996, conflicto este último que se cobró cinco millones de muertos. Es la década en la que surge la figura del «señor de la guerra», un personaje que no siempre tiene aspiraciones de convertirse en presidente y que simplemente aspira a tener poder basado en su fuerza militar y para ello no duda en recurrir a reclutar niños soldados o a aterrorizar a poblaciones enteras a las que controla como mano de obra para que sirvan a sus intereses. Con mucha frecuencia, estos nuevos conflictos ya no tienen que ver con cuestiones ideológicas, sino con el control de materias primas de mucho valor, particularmente los minerales. El control por los diamantes de Sierra Leona y por el oro, la bauxita y el coltán de la R. D. Congo están en el origen de estos conflictos, mucho más que supuestas cuestiones de odio étnico, aunque también éstas han tenido su influencia. Como me decía un obispo de Kenia durante el segundo Sínodo Africano en Roma, « detrás de cada guerra africana hay una materia prima que interesa a los países ricos ».

Con una historia tan violenta, sorprende poco que cuando los obispos de la República Democrática del Congo publicaron en 2010 una carta pastoral con ocasión del 50 aniversario de la independencia de su país hicieran balance utilizando expresiones como “sueños rotos” Nyerere y “oportunidades perdidas”. A romper estos sueños han contribuido dictadores y regímenes militares que se han eternizado en el poder, la dependencia de las economías africanas de monocultivos con precios muy fluctuantes en los mercados internacionales y guerras que han arrasado más de la mitad de los  países africanos. Aunque en África hay historias de éxito como el fin del apartheid en Sudáfrica, gobernantes ejemplares como Senghor o, avances económicos notables en países como Mozambique, Cabo Verde y Mauricio y democracias libres de corrupción como Botswana y Ghana, sus materias primas (especialmente el petróleo y muchos minerales) siguen siendo esquilmadas por potencias extranjeras, a las que se han añadido desde hace pocos años China, Japón, Irán y muchos países árabes. A esto hay que añadir problemas recientes, como el cambio climático, el alza brutal de los precios de los alimentos básicos o la crisis económica, que África padece más que otros continentes.

LA ECONOMÍA, PIEDRA DE TOQUE DE LA INDEPENDENCIA REAL

Hoy dia en África se da un dato muy curioso: bastantes de sus países están entre las economías mundiales de mayor crecimiento, pero la mayor parte de la población sigue viviendo en el umbral de la pobreza. Para entender las contradicciones de las economías africanas, hay que empezar por la época de las independencias, en los años 60. Al acceder a éstas, a los nuevos países se les impuso un modelo económico de dependencia de monocultivos, es decir, nada nuevo con respecto a como habían funcionado sus sistemas económicos durante la época del colonialismo. Al depender por lo general de una única materia prima (café, algodón, cacahuete, cobre…) se entró en una peligrosa senda, ya que por lo general estos productos estuvieron sujetos a las fluctuaciones del comercio internacional, por lo que cuando bajaron los precios sus países productores se ahogaron económicamente. La pobreza de este continente se explica también por el funcionamiento de un comercio internacional que deja a los países africanos en condiciones bastante desfavorables. El economista Paul Collier, autor de los libros «El Club de la Miseria» y «Guerra en el Club de la Miseria», añade un elemento más que explica el estancamiento económico de buena parte de los países africanos: el hecho de que la mayor parte de ellos no tiene salida al mar, lo cual encarece mucho el precio de sus exportaciones. A finales de los años 1980: todos los países del África subsahariana representaban apenas el 1% del comercio internacional, y el PIB de todos ellos –con excepción de Suráfrica- equivalía al de Bélgica. De poco sirve la ayuda oficial al desarrollo si no va parejo con reglas de comercio internacional más justas, algo en lo que ahondaremos más adelante al hablar de los acuerdos comerciales de la Unión Europea con sus antiguas colonias, conocidos como EPA (Economic Partnership Agreements).

Aunque estos datos han mejorado algo durante los últimos 20 años –África representa ahora el 2% de los intercambios comerciales mundiales- , algunos  indicadores globales siguen siendo desalentadores: el PIB de toda África subsahariana es inferior al de toda España, casi la mitad de éste se dedica al pago de la deuda externa, la mitad de los algo más de mil millones de africanos viven con menos de un dólar al día, en el continente hay 25 millones de seropositivos y 6 millones de refugiados. Este dato tiene que ser completado con otro: según datos de Naciones Unidas (de 2010) en África viven 11 millones de desplazados internos (de un total de 27 millones en todo el mundo), de los cuales 5 millones viven en Sudán y cerca de 2 millones en la República Democrática del Congo. Y por si fuera poco, se calcula que hay unos 300.000 profesionales africanos (sobre todo sanitarios) que se han marchado para trabajar en Europa o en América del Norte.

En el plano politico, aunque también hay hoy más gobiernos democráticos, más avances en los derechos de la mujer y una sociedad civil más fuerte, sigue habiendo 12 jefes de Estado que llevan más de 20 años en el poder, y quienes se oponen a ellos acaban siendo perseguidos o encarcelados. Además, en países como Burkina Faso, Uganda, Gabón, Camerún y Chad sus dirigentes han encontrado una forma sutil de perpetuarse en el poder: cambiar la Constitución para eliminar los límites de mandatos presidenciales y de esta forma poder ser reelegidos indefinidamente. Y qué decir de casos en los que quien gobierna es sucedido por su propio hijo, como si de una nueva versión de monarquía se tratara, como ha ocurrido en Togo, Gabón y la República Democrática del Congo.

UNA MIRADA GLOBAL AL ÁFRICA DE HOY

En 2010 la Fundación Ibrahim Mo  -un prestigioso think-tank africano- publicó su informe anual en el que destacaba que durante los últimos años los países africanos han mejorado mucho en crecimiento económico, pero han descendido en derechos humanos. Personalmente, estoy muy de acuerdo con esta apreciación. Vamos a descender a algunos detalles:

· Conflictos. Oficialmente, hoy en África hay sólo una guerra en curso: en Somalia, donde su frágil gobierno apoyado por fuerzas ugandesas y burundesas de la Unión Africana apenas controla una parte de la capital, Mogadiscio. Nunca había habido menos conflictos en el continente. Países que han estado hundidos en guerras interminables, hace pocos años han dicho adiós a las armas. Es el caso de Angola, Mozambique, Liberia, Sierra Leona, Sudán, Ruanda, Burundi, República Centroafricana, Chad y el Norte de Uganda.

Sin embargo, no podemos olvidar que hay países que aunque oficialmente están en paz viven fuertes tensiones o lo que se ha dado en llamar “conflictos de baja intensidad” aún sin resolver. Es el caso del Este de la República Democrática  del Congo, Darfur (Sudán), Chad y la zona petrolera del Golfo de Níger. Tampoco podemos olvidar zonas de la República Centroafricana y el Sur de Sudán donde los rebeldes ugandeses del LRA siembran el terror desde 2007. Y durante los últimos años se ha abierto un nuevo foco muy preocupante de inestabilidad con la presencia de Al Qaeda en el Magreb en extensas zonas del Sahel: Mauritania, Malí y Níger.

· Economía. Se da aquí una curiosa paradoja. Por una parte, la mitad de los africanos viven con menos de un dólar al día y los cinco países más pobres del mundo están en África (Níger, Sierra Leona, Burkina Faso, Malí y Chad). Por otra, África globalmente tiene un crecimiento económico anual que es el doble que el europeo. Entre 2003 y 2007 hubo en África subsahariana un crecimiento del 3,5 por ciento, y la inflación bajó del 18 al 8 por ciento. Hay que destacar experiencias como las de Botswana, Namibia, Cabo Verde, Mozambique o Ghana, países que han mantenido tasas de crecimiento considerables, por encima del 5 por ciento, y que son un modelo de estabilidad y de buen gobierno. Curiosamente, tres archipiélagos - Seychelles, Mauricio y Cabo Verde, lideran las experiencias de países que gozan de una gran estabilidad política y se han puesto a la cabeza del desarrollo en África luchando contra la corrupción y diversificando sus recursos, impulsando sobre todo el sector turístico. Suráfrica, por su parte, la gran superpotencia política y económica del continente, terminó el año 2010 con el orgullo de haber sido la sede del Mundial de Fútbol, aunque está por ver si las enormes inversiones realizadas revertirán en beneficio del país durante los años venideros.

· Recursos minerales. En algunos casos, el crecimiento económico de algunos países de África se debe al descubrimiento durante los últimos años de grandes reservas de petróleo o a su explotación con sensatez, como es el caso de Angola, que desde 2002 ha dejado atrás varias décadas de guerra despiadada. Sin embargo, en varios países africanos la población no se beneficia de este valioso recurso, como es el caso de Chad, de Sudán –que utiliza los petrodólares para mantener la guerra de Darfur, para atacar a su propios ciudadanos nuba en el Kordofan del Sur y para desestabilizar todo lo que puede su nuevo vecino del Sur- y de Guinea Ecuatorial, este último con una producción de 400.000 barriles diarios y –al menos en teoría- el tercer país más rico de África, pero que ocupa el puesto 121 en el índice de desarrollo humano y donde su esperanza de vida es de 43 años. En muchos casos la llegada de compañías petroleras extranjeras no crea puestos de trabajo, puesto que estas compañías por lo general se traen a todo su personal de fuera.

En muchos casos estas grandes riquezas minerales terminan por ser una verdadera maldición. Uno se pregunta, por ejemplo, cómo es posible que Níger sea el segundo productor mundial de uranio y al mismo tiempo esté considerado como el país del mundo con el menor índice de crecimiento humano. El caso del Este de la República Democrática del Congo merece una mención especial. En el subsuelo de las dos provincias del Kivu se haya el 80% de las reservas mundiales de coltán, además de otros minerales indispensables en la industria electrónica de última generación como la bauxita y la casiterita. Sin embargo el país no se beneficia de su explotación, que la realizan compañías transnacionales las cuales suelen pagar impuestos a los grupos armados en cuyo territorio se encuentran las minas. Ruanda se ha beneficiado mucho de la explotación de estos recursos, que han enriquecido el país a costa de la miseria de los congoleños.

· Los nuevos colonizadores. La pacificación de algunos países africanos o sus mejoras en el plano económico y social se ven amenazadas hoy por nuevas formas de colonización lideradas sobre todo por países asiáticos y árabes. China se ha convertido en muy pocos años en el principal socio comercial de los países africanos, donde busca petróleo y recursos minerales para alimentar a su economía en constante expansión, y también mercados para sus productos, generalmente de poca calidad, que llegan en forma de baratijas a los últimos rincones de las aldeas perdidas en selvas y sabanas. También Japón, India, Brasil, Arabia Saudita, Qatar, Libia, Egipto y otros países se han lanzado durante los últimos años a la compra de minerales estratégicos. Sin embargo, estas nuevas relaciones comerciales no suelen incluir inversiones para implantar industrias en suelo africano. África, a diferencia de Europa en el siglo XIX y de los países asiáticos durante las últimas décadas del siglo pasado, no ha tenido una revolución industrial. Hoy como hace más de un siglo, los poderes económicos acuden a África con los criterios de siempre: para extraer sus abundantes riquezas naturales con el menor costo posible.

ALGUNOS PROBLEMAS NUEVOS

· Las relaciones comerciales. Hasta el año 2008 las relaciones comerciales entre la Unión Europea se regían por los Acuerdos de Lomé (revisados cada pocos años), que daban trato preferente a los productos africanos. Desde 2009 la situación ha cambiado al entrar en vigor los Acuerdos de Partenariado Económico (EPA, en siglas en inglés), aunque algunos países africanos se han negado a firmarlos. Es una versión del libre comercio para los países africanos. Ahora los productos de África pueden entrar libremente en la Unión Europea, y los productos europeos pueden hacer lo mismo en África. En teoría esto suena muy bien, pero en la práctica esta nueva política comercial está afectando negativamente a los países africanos, ya que no se trata de una competición en igualdad de oportunidades. Basta entrar en cualquier supermercado de una capital africana para ver que sus estanterías están inundadas de productos manufacturados en Europa y que suelen ser más baratos que los locales. Esta nueva situación está acabando con muchas pequeñas y medianas empresas en países africanos. Además, hay que tener en cuenta que todos los países de la Unión Europea y de Estados Unidos gastan siete veces más en subsidios para sus agricultores que en la ayuda al desarrollo.

· El acaparamiento de tierras.  Desde hace pocos años, compañías de países asiáticos y árabes se han lanzado a una carrera sin precedentes de compra de tierras de cultivo en países africanos. Este proceso amenaza con despojar a millones de personas mal alimentadas sin lo único que poseen y está arruinando el ya frágil equilibrio ecológico de muchos países africanos. Este proceso se aceleró de forma vertiginosa durante 2008, sobre todo debido al alza de los precios de productos agrícolas en los mercados internacionales y el aumento de la producción de agro-combustibles. El presidente de la FAO, el senegalés Jacques Diouf, lanzó la voz de alarma contra lo que denominó “un nuevo colonialismo”, en el que multitud de países pobres están poniendo sus mejores tierras a disposición de naciones ricas, a costa de sus propios ciudadanos mal alimentados. Entre los países que se están apropiando de enormes extensiones de terreno en África destacan algunos de Asia como China, India, Japón, Malasia y Corea del Sur, y también otros árabes –a los que les sobra el dinero y les falta el agua- como Egipto, Libia, Bahrein, Jordania, Kuwait, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. En muchos casos están recibiendo ayuda de organizaciones internacionales como el Banco Mundial y el Banco Europeo para el Desarrollo y la Reconstrucción, los cuales a menudo presionan a los países africanos para que cambien sus legislaciones y permitan a extranjeros acceder a la propiedad de la tierra.

La lista de países africanos que se apresuran a ofrecer sus tierras al mejor postor a cambios de contratos de energía o inversiones de infraestructuras es larga y aumenta cada día. Entre ellos se encuentran: Mozambique, Sudán, Uganda, Angola, Ghana, Etiopía, Zambia, la República Democrática del Congo, Senegal, Tanzania, Camerún, Zimbabwe y Madagascar.
El objetivo es siempre el mismo: países con grandes poblaciones pero muy escasas tierras de cultivo en sus territorios y que tienen que importar sus alimentos (como Corea del Sur, que es el cuarto importador mundial de maíz) quieren cubrir las necesidades alimentarias de sus ciudadanos cultivando arroz, trigo o maíz fuera de sus fronteras y transportar las cosechas para su propio consumo. En otros casos, el interés de los compradores es cultivar productos como maíz, mandioca o aceite de palma para procesar bio-combustibles como etanol. Los países africanos ofrecen por lo menos tres ventajas muy apetecibles: el poco interés de muchos de sus gobiernos por defender las tierras de sus ciudadanos, sus excelentes tierras fértiles y sus débiles mecanismos legales.

· La falta de acceso a medicamentos esenciales.  A pesar de que África es el continente donde las enfermedades causan más estragos, sus países sólo consumen el 2 por ciento de los fármacos registrados en el mundo. Priman los beneficios y se producen fármacos caros y superfluos para quienes puedan pagarlos, sean dermoestéticos, adelgazantes, antioxidantes, antidepresivos o estimuladores de la sexualidad, todo ello con una gran presión propagandística que intenta convencernos de que no podemos vivir sin ellos. Según el estudio de la doctora Forcades, el 10 por ciento del dinero para investigación se destina a enfermedades que padece el 90 por ciento de la población mundial, mientras que el 90 por ciento de los recursos va para investigar enfermedades que padece el 10 por ciento de los habitantes del planeta. Además, las compañías farmacéuticas más poderosas –Abbott, TAP, Astra Zeneca, Roche, Pfizer, Merck y Bayer explotan al máximo los medicamentos (incluidos los esenciales) en forma de monopolios y en condiciones que no tienen en cuenta las necesidades de los enfermos ni su capacidad adquisitiva. Eso, a pesar de que a menudo las compañías farmacéuticas recorren África buscando recursos naturales como plantas medicinales aprovechables para su industria, saltándose la soberanía de cada país sobre ellos y sin ofrecer nada como compensación.

· La crisis económica actual en África. La crisis está afectando muy negativamente a África y borrando muchos de los pequeños progresos que algunos países africanos habían desarrollado durante los últimos años. Como no se dan créditos disminuyen las transacciones comerciales internacionales. África exporta menos y lo que exporta, lo hace a precios más bajos y también cobra menos impuestos, lo cual tiene un gran impacto en los presupuestos nacionales, y por lo tanto en la salud y en la educación. Por ejemplo, en Zambia se han perdido 70.000 puestos de trabajo, y en la República Democrática del Congo se han cerrado muchas minas.

La crisis económica conlleva una crisis social. En África no hay protección social de ninguna clase (subsidio de paro, seguridad social, etc…). Las empresas extranjeras han retirado capital de los Bancos africanos, por lo que éstos no pueden dar créditos y así se hunden muchos negocios. Las obras de construcción de infraestructuras se paralizan porque se retira capital privado. También disminuyen las remesas que envían los emigrantes (son los que antes pierden su empleo en el país que los ha “acogido”), no tienen dinero ni para volver a África ni para ir a otro sitio….

· El cambio climático ha afectado mucho a África, sobre todo durante los dos últimos años, con numerosas sequias e inundaciones. Está surgiendo un nuevo tipo de refugiado: el medioambiental. Según Naciones Unidas, durante 2010 al menos 42 millones de personas en todo el mundo huyeron de sus hogares debido a catástrofes naturales, entre las cuales se cuentan quienes han tenido que abandonar sus tierras porque debido a los efectos del calentamiento global ya no producen nada. Desconozco cuántas de estas personas viven en África, pero lo que es seguro es que muchos suburbios miserables de las ciudades africanas se llenan de legiones de estos nuevos refugiados que se encuentran sin un futuro.

CONCLUSIÓN

Escribo estas líneas desde Goma, en el Este de la R. D. Congo, a dos semanas de las elecciones presidenciales y legislativas. El periodo de la campaña electoral, y aún antes, está marcado por una gran tensión y numerosos incidentes de violencia. Basta que salte una chispa para que miles de jovenes desocupados se echen a las calles para levantar barricadas y provocar incidentes como saqueos de comercios o amenazas a quienes se atrevan a salir conduciendo un coche. Cuando interviene la policía y el ejército es para disparar… al aire, al menos de momento. No es de extrañar que se den estas tensiones. Son sólo las segundas elecciones en casi 50 años. Cuando hace cinco años ganó Joseph Kabila los electores tenían para elegir a él o a Jean Pierre Bemba, uno de los principales señores de la guerra. Cinco años después, no se ven signos de desarrollo y Kabila les ha desilusionado. La mayor parte de los habitantes de Goma viven en suburbios miserables donde falta de todo. Todos los días me encuentro con las personas con las que trabajo en el proyecto humanitario que coordino, y muchas de ellas comen una vez cada dos días.

Lo más paradójico de esto es que esta pobreza extrema se da en uno de los lugares más fértiles de África y en cuyo subsuelo yacen inmensas riquezas minerales, como el coltán y la casiterita, indispensables para el desarrollo de la industria electrónica de última generación. Pero quienes se benefican de estas riquezas no son los niños congoleños que vagan por las calles de Goma empujando carretillas (se calcula que al menos el 40% de los menores no van a la escuela), ni las madres que no tienen dinero para pagar el tratamiento de la malaria cuando enferman sus hijos. Al mismo tiempo, en esta ciudad se han construido durante los últimos años enormes mansiones de lujo y hoteles muy caros a orillas del lago Kivu. ¿Quiénes se benefician de estos recursos ? La vecina Ruanda –apoyada por países como Estados Unidos, Holanda y Reino Unido- y las compañías extranjeras que se hacen de oro con estos minerales. Con este panorama extraña poco que la gente dé rienda suelta a su frustración cuando se presenta la oportunidad. Saben que con depositar un voto una vez cada cinco años las cosas van a cambiar poco mientras ellos mismos no sean dueños de su propio destino.

BIBLIOGRAFÍA RECIENTE EN CASTELLANO

  • Cortés López; José Luis. Historia contemporánea de África (desde 1940 hasta nuestros días). Editorial Mundo Negro. Madrid 1995 (en 2007 tercera edición).
  • De Sebastián; Luis. África, pecado de Europa. Editorial Trotta. Madrid 2006.
  • González Calvo; Gerardo. África, la tercera colonización. Editorial Mundo Negro. Madrid 2008.
  • Meredith; Martín. África. Una historia de 50 años de Independencia. Intermón Oxfam.  Barcelona 2011.
  • Rovira; Bru. Áfricas. RBA. Barcelona 2006.
  • Collier; Paul.  El Club de la Miseria. Madrid 2008.
  • Caballero, Chema. Los hombres leopardo se están extinguiendo. PPC. Madrid 2011.

 

1 Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense). Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991 hasta el 2008, la mayoría de estos 17 años los ha pasado en Acholiland (Norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Desde junio 2006 hasta enero del 2008 fue director de la revista "Leadership". Actualmente trabaja en España con la Red Desarrollo Deporte en el Departamento de Comunicación. También es profesor en la Escuela de Formación Misionera (Madrid).

 

 

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