LA MISIÓN AD GENTES DINAMISMO DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

 

Eloy Bueno de la FuenteΘ

La Nueva Evangelización ha pasado a ocupar cada vez con mayor fuerza el centro del escenario eclesial.  Ya durante el pontificado de Juan Pablo II, tras unos tanteos iniciales, acabó convirtiéndose en el horizonte de su ministerio y de sus actividades a nivel mundial, especialmente en la celebración de sínodos continentales. Benedicto XVI ha asumido con convicción esta perspectiva, especialmente mediante la creación de un Nuevo Dicasterio  dedicado a este proyecto, al que se dedicará también la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos.

El concepto sin embargo está lejos de haber logrado una clarificación aceptada de modo unánime, como veremos después. La situación es equiparable a los preparativos del Sínodo de los obispos de 1974 dedicado a la evangelización del mundo contemporáneo. Entre las diversas concepciones de la evangelización la reflexión sinodal fue ofreciendo criterios y perspectivas que serían recogidas y sistematizadas por Pablo VI en la exhortación apostólica  Evangelii Nuntiandi, considerada con razón como uno de los más influyentes documentos pontificios del período postconciliar. Con su texto armónico y equilibrado contribuyó el papa de modo decisivo a que la evangelización  pasara al corazón de la Iglesia: la Iglesia existe para evangelizar.

Es de esperar y de desear que la reflexión en marcha sobre la Nueva Evangelización conduzca a desarrollos semejantes, si bien dando un paso más: hacer ver y experimentar que la Iglesia se encuentra en el corazón de la evangelización, que brota de la fuerza del Evangelio que se hace palabra y vida. Para ello se requiere, como iremos viendo,  profundizaciones, precisiones y clarificaciones. A ello deben contribuir Semanas y Jornadas como la que estamos celebrando. Y precisamente desde nuestro punto de vista se han de aportar a la Nueva Evangelización contribuciones y enriquecimientos necesarios. El sentido de la misión ad gentes (lo que la Iglesia ha ido viviendo y realizando bajo esta expresión) debe aparecer con toda nitidez como dimensión y aliento de la Nueva Evangelización. La dialéctica entre ambos términos debe evitar la generalidad y la vaguedad y a la vez salvaguardar la universalidad de la misión cristiana. El riesgo de la generalidad no es irreal, como lo indica la pregunta que se hacía Mons. P.M. Carré, secretario especial para el sínodo próximo: si todo es Nueva Evangelización ¿qué aporta de particular? 1Por esa tendencia genérica y omniabarcante en los ambientes misioneros existe el miedo o la sospecha de que la Nueva Evangelización deje en la penumbra la urgencia y la peculiaridad de la misión ad gentes. No es un temor infundado. Ciertamente se repite con abundancia que la Nueva Evangelización pretende revitalizar el espíritu misionero en la Iglesia. Pero ello, como lo muestran otros momentos de la historia reciente, no es garantía de que quede clara la especificidad de la misión ad gentes.

No se debe plantear una alternativa entre Nueva Evangelización y misión ad gentes, sino de evitar que los acentos desequilibren la mutua relación. En la presentación del Instrumentum Laboris Mons. N. Eterovic dice: “El renovado  dinamismo de las comunidades cristianas dará un nuevo impulso también a la actividad misionera (missio ad gentes), urgente hoy más que nunca, considerando el alto número de personas que no conocen a Jesucristo, no sólo en tierras lejanas sino también en los países de antigua evangelización”. No se puede negar esta afirmación. Pero hay que afirmar con la misma fuerza: la actividad misionera revitalizará el dinamismo misionero de las comunidades cristianas. Pensemos por ejemplo en la relación entre el ministerio de Pablo y la vida de sus iglesias: era el ímpetu del apóstol, en su pasión por el Evangelio, donde bebían y respiraban el fervor de su testimonio en cada lugar, que iba acompañado por su colaboración en las iniciativas de Pablo.

Para salir al encuentro de estas necesidades en nuestra exposición  presentaremos  lo que consideramos que son el origen y las raíces de la Nueva Evangelización, así como su desarrollo en orden a captar su motivación genuina (al menos desde nuestro punto de vista) y el riesgo de que pueda oscurecer la misión ad gentes. Entonces podremos comprender asimismo las incertidumbres que suscita en algunos sectores y las dificultades para que penetre con fuerza en la conciencia eclesial general.  Después mencionaremos las “aperturas misionológicas” que existen en los planteamientos habituales sobre la Nueva Evangelización. Finalizaremos con algunos criterios o pautas para esos desarrollos, a fin de que la misión ad gentes se alimente de la Nueva Evangelización y esta reciba de aquella  horizonte y dinamismo. En definitiva se trata de que la vida cristiana y eclesial experimenten con gozo la novedad del Evangelio que se comunica allí donde no estaba presente (lo cual implica siempre una salida y un rebasamiento de fronteras, lo que no suele ser habitual  en la vida cotidiana de las iglesias concretas).

1.  Una Nueva Evangelización: hay un foso entre  fe y cultura

El lenguaje sobre la Nueva Evangelización surge frecuentemente sobre el trasfondo de una sociedad y de una cultura secularizada, especialmente en el mundo occidental, en los contextos de antigua cristiandad. Esta parece la gran preocupación y es asimismo la razón por la que la perspectiva misionera  parece difuminada. Esta impresión sólo podrá ser superada desde la conciencia de este presupuesto y de estos riesgos. Una mirada a la historia del término permite iluminar nuestra afirmación.

Ya en la década de los treinta usa la expresión V. Bettencourt, presidente de la Unión Católica de la Francia rural. Constatando  que ya había en el país “tierras de misión”, sugiere la creación de un “Seminario de Misiones  interiores” con el fin de formar sacerdotes especializados “en el apostolado de conquista y una obra rural de la propagación de la fe para permitir una nueva evangelización de las zonas rurales abandonadas y paganizadas” 2. Ya en 1924 M. Callon había denunciado el “abismo terrible que se abre cada día más entre la Iglesia y las masas”, y dos años después presenta un informe sobre   “Francia país de misión” 3. Es digno de observar el recurso a la terminología misionera: hacen falta misiones interiores junto a las misiones extranjeras, se precisa también una obra de propagación de la fe en los contextos rurales franceses, hay que anunciar el Evangelio  en el mundo pagano (que se percibe también en Francia). Todo ello permitirá una nueva evangelización en regiones ya evangelizadas. El detonante, la motivación, es la separación o la distancia entre, de un lado, la fe y el cristianismo, y de otro  las muchedumbres, es decir, la cultura que envuelve  la sociedad.

Dentro de la nueva sensibilidad histórica se convirtió en símbolo y en punto de referencia la obra que aún durante la segunda guerra mundial publicaron  Godin y Daniel, consiliarios de la JOC, con la provocadora pregunta Francia ¿país de misión? En contacto con ambientes obreros y juveniles  pusieron de relieve la existencia de amplias regiones y sectores de la población  en las que reinaba un paganismo a la espera del anuncio del Evangelio. La terminología misionera acompañó el generoso despertar de múltiples iniciativas y proyectos pastorales. La catequesis, la parroquia, la predicación… estaban llamadas a contribuir a la superación del foso que se iba abriendo entre la Iglesia y la cultura que generaba la sociedad. Comenzaba a hablarse también de evangelización, si bien este término (a diferencia de “misión”) encontró una más lenta acogida debido a que el término había sido usado mayoritariamente en el ámbito protestante. Estos planteamientos acontecían en un contexto cristiano, en el que se iba afirmando un mundo –denominado “moderno”-  que reivindicaba su autonomía y mostraba sus distancias respecto al cristianismo o a la tutela eclesial.

El Vaticano II asume y acoge estas preocupaciones, reconoce los grandes cambios operados en la humanidad, e intenta una renovación que haga posible un nuevo Pentecostés. Su búsqueda de aggiornamento  tiene una profunda motivación pastoral, evangelizadora y misionera: imitando la acción del mismo Dios que en su revelación sale al encuentro de los hombres “como amigos” (DV 2) la Iglesia desea ofrecer a los contemporáneos un anuncio y un mensaje que –en expresión de Mons. Volk tenga “sabor a Evangelio 4”. La Iglesia en Concilio, como observa con perspicacia Congar, había constatado la existencia de “los otros” 5, como presencia que rompía la presunta unidad de una sociedad cristiana. La distancia sólo podría ser superada si desde el seno de la vida eclesial se conseguía ofrecer la experiencia real del Evangelio. Un horizonte nuevo se desplegaba ante el futuro de la Iglesia.

A ese nuevo horizonte responde la perspectiva teológica del Concilio: la Iglesia es el sacramento de un designio salvífico que brota de la Trinidad y que sitúa a la Iglesia en el dinamismo de las misiones del Hijo y del Espíritu. El capítulo primero tanto de Lumen Gentium como de Ad Gentes establece la misión como categoría clave de la Iglesia y como criterio desde el que valorar toda su actividad.  Gracias a estas coordenadas las misiones dejaron de ser un añadido suplementario a la vida de la Iglesia para aparecer como una modalidad concreta del ejercicio de la misión única y universal que debe ser asumida por todos los cristianos y comunidades eclesiales. También aparece en 31 ocasiones el término evangelización, pero con un significado  amplio e impreciso. Más allá de los vocablos empleados la evangelización y la misión quedan entroncadas en el corazón mismo del ser y de la vida de la Iglesia.

En AG 6 se encuentra una observación que, como veremos, va a ser mencionada y recordada en los planteamientos actuales de la Nueva Evangelización. AG 6 trata de explicar cómo  la misión de la Iglesia “es única e idéntica en todas partes y bajo cualquier condición, aunque no se ejerza del mismo modo según las circunstancias”; las diferencias no proceden de la naturaleza íntima de su misión sino de las condiciones en las que se ejerce.  Hay situaciones y grados diversos, por ejemplo  lugares en los que la Iglesia no está presente y el Evangelio no ha sido aún predicado. Es lo que se suele denominar –indica el mismo texto conciliar- “misiones”, que habitualmente se encuentran en territorios lejanos. Ese tipo de actividad misionera refleja el dinamismo de la misión única que brota de la Trinidad.

 A continuación se encuentran las palabras que nos interesa destacar: “Además, los grupos en los que vive la Iglesia, con frecuencia y por diferentes causas, cambian totalmente, de modo que pueden surgir condiciones completamente nuevas. Entonces la Iglesia debe examinar si estas situaciones requieren de nuevo su acción misionera”. En la redacción de esta parte de AG participó activamente el teólogo J. Ratzinger, que retomará estas ideas en su  invitación a la Nueva Evangelización.

El cambio de condiciones y de circunstancias puede acentuar el “foso” del que hemos arrancado en nuestra exposición. Y ello reclama a la Iglesia, como dice AG, “su acción misionera”. Es lo que más tarde llevará a hablar de “nueva evangelización”. Conviene no olvidar que la hipótesis planteada por AG  se refiere a lugares de tradición e impregnación cristiana. La evolución de las condiciones socio-culturales se ha producido de un modo más acelerado y más amplio de lo que se hubiera podido pensar. Mons. Matagrin, participante en el Vaticano II como obispo auxiliar de Lyon, expresaba el año 2000 este cambio: “He ido tomando conciencia de que el Concilio estaba describiendo un mundo en el momento mismo en que se estaba transformando en algo distinto…si se compara con todo lo que iba a venir después en el mundo occidental” 6. El año 2011 el cardenal Poupard  señalaba que el mundo en el que habitan las nuevas generaciones iría evolucionando a un modo y a un ritmo “que los Padres del Concilio no sólo no conocían sino que no podían ni siquiera imaginar” .7 No se trata por tanto de un cambio homogéneo en una cultura que, como organismo vivo, se desarrolla progresivamente, sino más bien de un cambio de mundo, de una convulsión, que permite por ejemplo hablar de “los jóvenes” como de ámbito de misión ad gentes precisamente porque son los protagonistas de una cultura dominante.

La importancia de la cultura en la evangelización fue puesta de relieve por Pablo VI en Evangelii Nuntiandi de modo contundente: “La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo”.  Evangelizar no es un barniz superficial o decorativo (n. 20),  sino que aspira a “transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad” (n. 19). El dinamismo evangelizador aspira por tanto a transformar la cultura. Ahora bien, la experiencia se hace dramática cuando  una cultura  (y por tanto una sociedad) va rechazando la savia cristiana de la que se había venido nutriendo.

2. Juan Pablo II: Nueva Evangelización y misión ad gentes

Este es el trasfondo sobre el que se puede entender la aparición más reciente de la necesidad de una Nueva Evangelización en las intervenciones de Juan Pablo II. Antes de su propuesta directa conviene mencionar dos momentos en los que aparece de modo no reflejo.

La tercera Asamblea del CELAM celebrada en 1979 en Puebla, con presencia del mismo papa, intenta precisar la dimensión universal de la evangelización. Entre las nuevas urgencias menciona, aludiendo precisamente a AG 6, las transformaciones socio-culturales propias de nuestra época: la inmigración, las grandes ciudades, los sectores sociales que se alejan de la fe… (n. 366); a ello añade grupos que viven en situaciones especialmente difíciles, como estudiantes, soldados, trabajadores, jóvenes, medios de comunicación social (n. 367).  Son los destinatarios y protagonistas de lo que se dará en llamar en aquel continente “cultura dominante” o “cultura adveniente”, es decir, la irrupción de una cultura que se afirma y se organiza al margen de los estímulos de la fe.

El mismo año en su visita a Nowa Huta Juan Pablo II aludió a una segunda evangelización en otra circunstancia, distinta pero dentro de la misma lógica. Se encontraba en un barrio cercano a Cracovia, planificado por el régimen comunista en torno a un centro industrial con el intento de establecer una ciudad sin símbolos cristianos. Una ideología atea irrumpía (“adveniente”) con la pretensión de desplazar la creencia tradicional. En aquellas nuevas condiciones hacía falta un esfuerzo suplementario para hacer presente la realidad cristiana.

La Nueva Evangelización adquiere características de proyecto en el discurso que pronunció Juan Pablo II ante la XIX Asamblea Ordinaria del CELAM en Haití en 1983. La mirada estaba dirigida a la conmemoración del quinto centenario de la evangelización desde el país en el que se había iniciado la primera evangelización: “La conmemoración del medio milenio de evangelización tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro como obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso no de re-evangelización, pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión”. La “nueva” se encuentra en relación por tanto a la “primera” (que no debe ser cuestionada en su eficacia, por lo que se excluye expresamente que se trate de una “re-evangelización”), y ha de tener lugar por tanto en el seno de pueblos que siguen siendo profundamente religiosos.

El año siguiente en Santo Domingo el papa retoma el tema también ante los obispos latinoamericanos. “El próximo centenario del descubrimiento y de la primera evangelización nos convoca, pues, a una nueva evangelización de América Latina, que despliega con más vigor –como la de los orígenes- un potencial de santidad, un gran impulso misionero, una vasta creatividad catequética, una manifestación fecunda de colegialidad y de comunión, un combate evangélico de dignificación del hombre, para generar, desde el seno de América Latina, un gran futuro de esperanza. Este tiene un nombre: la civilización del amor”. En estas palabras  se expresa con claridad el objetivo de una evangelización que se haga cultura capaz de impregnar y sustentar una civilización, pues en caso contrario no habría alcanzado su cima y consumación.

A partir de entonces se hace recurrente: ya en 1985 lo lanza a los obispos europeos de cara a evangelizar la “Europa secularizada”, pero en realidad se abre a “toda la Iglesia, a un nivel cósmico”, para iniciar “una nueva evangelización misionera, según el impulso que le ha sido otorgado, ad intra y ad extra, por las consignas del Vaticano II.  El acento recae  sobre el drama  de la cultura que se des-cristianiza, como indica en Christifideles laici,  publicado a raíz del Sínodo de 1987 dedicado a los laicos, cuya misión se debe desarrollar en las situaciones económicas, sociales, políticas y culturales, que presentan dificultades más graves de las previstas por el Vaticano II (n. 3), especialmente porque la indiferencia, el ateísmo, el secularismo, la descristianización, amenazan con desterrar la fe de los momentos más significativos de la existencia humana (n. 34); en tales circunstancias la nueva evangelización es para la Iglesia “entrar en una nueva etapa histórica de su dinamismo misionero” (n. 35).

 La “apertura cósmica” a la que hacía referencia el papa se concretó en su mirada mundial a través de los diversos sínodos continentales. Estos sínodos, reconoce expresamente  Ecclesia in Asia 2,  han tenido como vínculo el tema común de la Nueva Evangelización.  La variedad de temas que engloba indica que abarca la actividad entera de la Iglesia y ha de ser llevada a cabo con la participación de todos y en la comunión de todas las iglesias. Es constante la mirada al Vaticano II pero para avanzar hacia el futuro, teniendo en cuenta los contextos diversos a fin de que la fe se haga cultura y transforme las realidades sociales. En la base y raíz se  encuentra el “nuevo ardor”, que brota de un encuentro vivo con el Señor Resucitado.

La amplitud de significado de la Nueva Evangelización podía resultar tan absorbente que difuminara el sentido de la misión ad gentes. El mismo Juan Pablo II, consciente del peligro, reivindica su carácter específico en Redemptoris Missio. Precisamente porque se ha producido un trastocamiento de situaciones que relativiza el valor de las clasificaciones tradicionales y porque está surgiendo una civilización mundial que provoca que la misión de la Iglesia se encuentra todavía en sus comienzos es por lo que hay que reconocer la existencia de situaciones y condiciones variadas; justamente  por ello resulta más necesario mantener el aliento de la misión ad gentes.

Las diferencias dentro de la misión de la Iglesia no son intrínsecas a la misión misma sino que dependen de las diversas circunstancias en las que se desarrolla (se mantiene la lógica de AG 6). Hay que reconocer tres situaciones:

a.- la actividad misionera dirigida a pueblos, grupos humanos y contextos socio-culturales en los que Cristo no es conocido o faltan comunidades cristianas suficientemente maduras; es en sentido propio la misión ad gentes;

b.- hay comunidades cristianas con estructuras eclesiales adecuadas y sólidas, que irradian el testimonio del Evangelio; en ellas se desarrolla la actividad o atención pastoral de la Iglesia;

c.- hay una situación intermedia, especialmente en los países de antigua cristiandad, pero a veces también en las iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe; en este caso es necesaria una nueva evangelización o re-evangelización (n. 33).

No es fácil, señala el texto, definir los confines, y tampoco se puede establecer una frontera clara entre ellas.  No obstante hay que mantener viva la solicitud por el anuncio y por la fundación de nuevas iglesias en los pueblos y grupos humanos donde no existen, “porque esta es la tarea primordial de la Iglesia, que ha sido enviada a todos los pueblos, hasta los confines de la tierra. Sin la misión ad gentes, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su significado fundamental y de su actuación ejemplar”. Las mismas iglesias de antigua evangelización están invitadas a conjugar las dos dimensiones: “ante la dramática tarea de la nueva evangelización comprenden mejor que no pueden ser misioneras respecto a los no cristianos de otros países o continentes si antes no se preocupan seriamente de los no cristianos en su propia casa. La misión ad intra es signo creíble y estímulo para la misión ad extra, y viceversa” (n. 34).

La experiencia dramática de un cambio histórico para las iglesias debe convertirse por tanto en posibilidad, en ocasión de redescubrir la fuerza del Evangelio y el gozo de evangelizar. Esta es la gran encrucijada del momento presente para nuestras iglesias. Esa encrucijada sólo se podrá afrontar con convicción si se descubre que el horizonte y el aliento de la misión ad gentes es horizonte y aliento de la Nueva Evangelización.

3. La Nueva Evangelización en el pontificado de Benedicto XVI

El papa Benedicto XVI ha otorgado a la Nueva Evangelización un protagonismo innegable, como lo prueba la constitución de un nuevo organismo vaticano y la  convocatoria de un Sínodo de los obispos dedicado a tal cuestión. Ello resulta llamativo por el hecho de que en sus publicaciones como teólogo y cardenal no había sido objeto de su atención. Sin embargo una consideración atenta de su pensamiento permite descubrir la conexión que existe entre una trayectoria teológica y su proyecto pastoral en torno a la Nueva Evangelización.

En diciembre del año 2000, en el marco del jubileo de los catequistas, el cardenal Ratzinger pronunció una conferencia sobre “La nueva evangelización”. La mayor parte de su intervención se centró en los grandes núcleos del misterio cristiano, que han sido y serán siempre el corazón de la misión y de la evangelización. Nos interesa sobre todo señalar algunos aspectos que sitúan ese “contenido permanente” como “tema de una nueva evangelización”:

a.- La Iglesia no ha dejado nunca de evangelizar (con el anuncio de la Palabra, con la celebración de la liturgia y de los sacramentos, con el compromiso por la justicia y la caridad), lo cual ha aportado luz y vida a muchos hombres; sin embargo (y aquí está el punto a destacar) asistimos a un proceso progresivo de descristianización y de pérdida de valores humanos esenciales: gran parte de nuestros contemporáneos no encuentra en el Evangelio una respuesta convincente a la pregunta sobre el sentido de la vida y del comportamiento humano.

b.- Es la razón por la que “buscamos, además de la evangelización permanente, que nunca se ha interrumpido y que nunca debe serlo, una nueva evangelización, capaz de hacerse entender de este mundo que no encuentra el acceso a la evangelización ‘clásica’”.

c.- Evangelizar significa “enseñar el arte de vivir”, el modo de llegar a ser realmente hombre y de organizar la vida social. Jesús muestra el camino de la vida y de la felicidad, más aún, se presenta Él como el camino que permite al hombre salir de su pobreza más profunda: la incapacidad de experimentar la alegría, el malestar de la vida considerada absurda y contradictoria; la incapacidad de experimentar la alegría supone y produce la incapacidad de amar, y es origen de los vicios que devastan la vida de los individuos y del mundo.

d.- Es la razón por la que se requiere una nueva evangelización, pues sin el arte de vivir no funcionan el resto de los aspectos de la existencia. Ahora bien, todo ello no puede ser objeto de la ciencia, sino comunicado por quien tiene la vida, que es el Evangelio en persona.

e.- Como todos tienen necesidad del Evangelio, el Evangelio está destinado a todos, no solamente a un círculo determinado, lo cual nos obliga a buscar vías nuevas para llevar el Evangelio a todos.

f.- Esta dinámica de una nueva evangelización no puede reducirse por tanto a la búsqueda de métodos más refinados, para atraer a todos en seguida;  debe liberarse de la tentación de la impaciencia, de encontrar un éxito inmediato, de buscar el número… El método de Dios, el que corresponde al Reino de Dios, ha de ser el criterio de la evangelización: el grano de mostaza 8

Frente a la evangelización “clásica”, por tanto, la Nueva Evangelización tiene como  trasfondo la sociedad descristianizada y sus expresiones en la vida individual y colectiva. La evangelización que hoy se requiere (“nueva”) es la que  permite experimentar la alegría del Evangelio (la fe) como asa de una vida plenamente humana. La alegría, según J. Ratzinger, pertenece al núcleo de la fe, de la experiencia cristiana, y por ello es plenamente humanizadora. Sólo desde la raíz del encuentro personal con el Señor Resucitado será posible la fe (es la fuente del ardor del que hablaba Juan Pablo II). Esta experiencia está destinada a todos los seres humanos, por lo que tiene una apertura universal. Sólo desde este presupuesto se puede hablar de métodos o de planificaciones.

El motu proprio por el que se constituye el nuevo Dicasterio, Ubicumque et semper, arranca del deber de anunciar el Evangelio en todas partes, por lo que la  misión evangelizadora de la Iglesia expresa la naturaleza de la Iglesia. Esa misión ha adoptado formas siempre nuevas según lugares, situaciones y momentos históricos. En nuestra época es especialmente relevante el fenómeno del alejamiento de la fe “en sociedades y culturas que desde hace siglos estaban impregnadas del Evangelio”. El Concilio Vaticano II incluyó por ello entre sus temas centrales la cuestión de la relación entre la Iglesia y el mundo contemporáneo, línea que siguieron Pablo VI (de quien se cita Evangelii Nuntiandi) y Juan Pablo II (de quien cita Christifideles laici 34).

Benedicto XVI se hace cargo de la misma preocupación y por ello pretende que la Iglesia “se presente al mundo contemporáneo con un impulso misionero capaz de promover una nueva evangelización”, la cual “se refiere sobre todo a las Iglesias de antigua fundación”; en estas las situaciones son diversas, pero “no es difícil percatarse de que lo que necesitan todas las Iglesias que viven en territorios tradicionalmente cristianos es un renovado impulso misionero, expresión de una nueva y generosa apertura al don de la gracia”. De la experiencia de fe ha de brotar un impulso misionero en las iglesias de antigua fundación con la mirada puesta en la humanidad entera.

A los participantes en la primera asamblea plenaria del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización les desarrolló esta línea de fuerza (30.5.2011). Se remonta al Vaticano II, concretamente a AG 6. Como hemos indicado, el objetivo fundamental del Vaticano II fue entablar un diálogo cordial  con el mundo moderno, pero a la vez hemos indicado que aquel mundo estaba abriéndose a desarrollos impredecibles. Observa sin embargo Benedicto XVI  que los obispos vieron de modo premonitorio el horizonte de los cambios culturales, pues en AG 6 se habla de situaciones nuevas que pueden surgir en grupos humanos en cuyo seno existe la Iglesia, pero que no han sido completamente transformados.

Los cambios culturales han creado situaciones imprevistas para los creyentes: antes la cultura se configuraba a la sombra de la fe, pero actualmente se ha producido una fragmentación tal que no hay una referencia unificante, no hay una sensibilidad general cristiana que unifique la experiencia común.

Se requiere por tanto una renovada atención pastoral para anunciar el Evangelio: es necesario ofrecer una respuesta específica a un momento de crisis de la vida cristiana, “particularmente sensible en numerosos países de antigua tradición cristiana”. “Decir que en este momento de la historia  la Iglesia está llamada a realizar una nueva evangelización significa intensificar la acción misionera para responder plenamente al mandato del Señor”. Ante las sospechas que proceden de la modernidad o de la insensibilidad del hombre contemporáneo hay que mostrar un estilo de vida que sea creíble y que muestre que se trata de algo vivo y global, capaz de integrar todo lo que hay de bueno en la modernidad.

Las reflexiones de Mons. R. Fisichella, responsable del nuevo organismo,  recogen estas indicaciones del papa, con la misma referencia a AG 6, que exige una “forma renovada con la que la Iglesia está llamada por su misma naturaleza a la evangelización” 9. Aún dentro de la diversidad de situaciones, en todas las iglesias se necesita “un renovado impulso misionero” 10, que debe encontrar su raíz en el bautismo 11  y en Pentecostés 12. Desde este punto de vista se puede decir que la Nueva Evangelización “se dirige en primer lugar a los cristianos” 13. Aunque piensa y se refiere fundamentalmente a los países occidentales, aquejados de secularización y descristianización, advierte contra el peligro de que los análisis aparezcan excesivamente desequilibrados  por una visión europeísta de la realidad 14.

La  próxima asamblea del Sínodo de los obispos está dedicada a “La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. Los Lineamenta plantean el tema clave de la traditio Evangelii en una doble dirección: respecto a las nuevas generaciones (por lo que da gran importancia a la catequesis y a la educación) y a aquellos que se encuentran fuera del ambiente cristiano (por eso adquiere relieve el “atrio de los gentiles” y el aspecto kerygmático del primer anuncio). Este doble registro dificulta una definición precisa de Nueva Evangelización así como su relación con la misión ad gentes. No obstante hay algunos elementos que merecen ser reseñados.

La presentación, a cargo de Incola Eterovic, secretario general del sínodo de los obispos, comienza enmarcando el texto en el mandato misionero de Mt 28,19-20. Sitúa el sentido de la Nueva Evangelización respecto a la evangelización y la misión ad gentes: la evangelización abarca “la actividad eclesial en su totalidad” y la misión ad gentes “a las personas y a los pueblos que todavía no conocen el Evangelio (con alusión a  la inflexión introducida por la globalización, si bien la concreta más que en el hecho de la inmigración);  frente a ellas “la nueva evangelización es más bien dirigida a aquellos que se han alejado de la Iglesia en los países de antigua cristiandad” (si bien el fenómeno se produce también en los países donde el Evangelio ha sido anunciado recientemente pero no ha sido suficientemente acogida hasta transformar la vida personal, familiar y social). El texto reconoce que adolece de “un significado no siempre claro y estable” (n. 5). Su motivación de fondo es sin embargo clara: pretende despertar energías con vistas a un nuevo fervor misionero, el coraje para transitar nuevos senderos abiertos por la situación en la que la Iglesia está llamada a anunciar actualmente el Evangelio.  Esa nueva situación está determinada por los escenarios que despliega la cultura del momento: la secularización y la difuminación de la experiencia de transcendencia, la globalización y el multiculturalismo, los medios de comunicación social que promueven  la seducción de lo efímero y lo inmediato,  la economía y la política, la investigación científica y tecnológica…
 
Se trata del fenómeno que venimos señalando desde el principio: el “foso” se hace más patente por la fuerza de esos dinamismos sociales y culturales que se sienten seguros y autosuficientes prescindiendo del Evangelio y de toda referencia a la transcendencia. Era la misma constatación que movió a Juan Pablo II en Redemptoris Missio y que le llevó a conjugar y articular el trastocamiento de conceptos con la primacía de la misión ad gentes. Es el equilibrio que debe ser conquistado permanentemente.

No obstante la interpelación decisiva de los Lineamenta (que se repiten en el Instrumentum Laboris), y en ello radica su fuerza y su originalidad, se dirige a los cristianos y a las comunidades eclesiales. La atención no debe centrarse en las estrategias y ni siquiera en los destinatarios, sino que debe plantearse “como una pregunta que se refiere al sujeto encargado de esta operación espiritual”, “es una pregunta de la Iglesia sobre sí misma…, cuestiona a toda la Iglesia en su ser y en su vivir”. De modo aún más directo:  “El problema de la infecundidad de la evangelización hoy…es un problema eclesiológico, que se refiere a la capacidad o a la incapacidad de la Iglesia de configurarse como real comunidad, como verdadera fraternidad, como un cuerpo y no como una máquina o una empresa” (n. 2). “Nueva evangelización es sinónimo de renovación espiritual de la vida de fe de las Iglesias locales” (n. 5).

Es el punto en el que se despliega la lógica constatada en Benedicto XVI: la raíz debe encontrarse en la alegría de la experiencia cristiana, pues con actitud de desánimo no es posible una auténtica evangelización (n. 5 y 25);  es entonces cuando el bautizado puede protagonizar una nueva acción misionera (n. 24, que cita Novo Millennio Ineunte n. 40);  es entonces cuando se pueden encontrar “nuevas expresiones para ser Iglesia dentro de los contextos sociales y culturales actuales”, pues “las figuras tradicionales y establecidas –que por convención son indicadas con las expresiones “países de cristiandad” y “tierras de misión”- junto con su claridad conceptual muestran sus límites” (n. 9);  así se puede salir en actitud de diálogo a los “patios de los gentiles” haciendo brillar el aspecto kerygmático del anuncio y del testimonio (n. 19).

Mons. P. M. Carré, en su conferencia sobre “Les enjeux de la Nouvelle Évangelisation”, resalta la secularización como contexto que reclama este nuevo esfuerzo eclesial, si bien los “escenarios” indicados por los Lineamenta, a la vez que son obstáculos para la transmisión de la fe, abren el campo a una nueva evangelización. Reconoce la necesidad de una clarificación conceptual para evitar confusionismos o su transformación en mero slogan; por su parte propone esta definición: “la capacidad, por parte de la Iglesia, de vivir de modo renovado su propia experiencia comunitaria de fe y de realizar el anuncio en los nuevos contextos culturales que se han constituido recientemente” 15.

4. Las incertidumbres en torno al concepto y a su dimensión misionera

Desde los inicios de su lanzamiento por Juan Pablo II fueron dos los motivos fundamentales de reticencia o de resistencia: por un lado, la sospecha de que se trataba de un nuevo intento de “conquista” de la sociedad con el fin de restaurar un sueño nostálgico e imposible; por otro lado, la presunción de que implícitamente se estaba desvalorizando la primera evangelización o la pastoral ordinaria de la Iglesia. Tales hipótesis han perdido fuerza con el paso del tiempo: no sólo el pluralismo ideológico se ha ido acentuando (por lo que la posibilidad de recuperar la unidad anterior resultaba inviable) sino que se han decantado las actitudes cristianas de una auténtica evangelización, que no puede responder más que a la lógica del Reino; igualmente se ha evitado hablar de re-evangelización para insistir en que se trata de buscar la forma mediante la que el mismo Evangelio de siempre se anuncia con nuevo entusiasmo, con nuevos lenguajes comprensibles en una situación cultural diferente 16. También, por lo que hemos visto, una adecuada comprensión de la Nueva Evangelización es compatible con el reconocimiento del papel originario e irrenunciable de la misión ad gentes.

Ante la creación de un nuevo organismo vaticano y la convocatoria de un sínodo sobre el tema la reflexión se ha acentuado, debido a que el proyecto alcanzaba un nuevo nivel. Por ello resulta especialmente urgente y necesario precisar su sentido y su relación con la misión ad gentes.

La ubicación institucional del nuevo organismo encierra implicaciones que deben ser puestas de manifiesto, porque determina su funcionamiento y su comprensión por parte de la opinión pública. A nuestro juicio, si se trata de un proyecto evangelizador a nivel global, debería haberse articulado de modo más directo con la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. En su forma actual parece encontrarse ante un dilema de difícil solución: o bien se configuran como dos dinamismos paralelos en el caso de que se insista en que la Nueva Evangelización ha de realizarse en todos los continentes o bien  queda destinada a países no dependientes de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, de hecho los países occidentales (sobre todo europeos). Tal vez hubiera sido el momento de replantear la evangelización a nivel mundial, precisamente porque las circunstancias han cambiado,  teniendo en cuenta las motivaciones genuinas y necesarias de la Nueva Evangelización. De este modo hubiera resultado más fácil ayudar al conjunto del pueblo cristiano, y a sus miembros más comprometidos, a captar el sentido de la misión a nivel global, debido a que esos “escenarios” de que hablan los Lineamenta no deben ser contemplados simplemente desde la evolución de los países en proceso de secularización.

Es claro el intento de despertar el fervor misionero que brota de la experiencia genuina de la fe, y es uno de los objetivos más loables del proyecto. No obstante se puede plantear la misma duda que surgió cuando la terminología misionera impregnó la vida eclesial: si todo es misión y si “la misión está aquí”, puede concluirse que nada es misión o que resulta secundario el “envío” o la “salida” que ha caracterizado la especificidad de la misión ad gentes. El aliento misionero debe brotar, ciertamente, del núcleo de la fe, pero esa misionariedad debe concretarse en modalidades diversas, entre las cuales ha de verse como paradigmática la consagración de por vida a la misión ad gentes. Sin embargo al hablar de “nueva evangelización” se está suponiendo la existencia de una evangelización anterior, respecto a la cual  pierde fuerza lo que es “primero” e “inaugural”.

El Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) ha realizado una consulta entre sus miembros acerca de la Nueva Evangelización, de la cual se ha hecho público un resumen 17, que resulta ilustrativo de la recepción     y de las cuestiones pendientes. Concuerdan las distintas respuestas en decir que “la nueva evangelización es simplemente la actualización en nuestros países, en el momento actual, de la vocación misionera de la Iglesia, que forma parte de su misma naturaleza”, con referencia expresa a Evangelii Nuntiandi 14 (la Iglesia existe para evangelizar, evangelizar es la gracia y la vocación de la Iglesia, su identidad más profunda). 

No obstante esta opinión compartida, la Conferencia Episcopal eslovena resume un sentimiento compartido al solicitar una definición adecuada y utilizable de la Nueva Evangelización. La motivación puede quedar avalada por algunas de las observaciones enviadas:

a.-   La falta de una clara definición representa un freno, porque dificulta su recepción por los fieles; estos se encuentran desanimados y confusos, y no captan el sentido de una Nueva Evangelización cuando en muy escasa medida han asumido el sentido de la  responsabilidad evangelizadora.

b.- La confusión se percibe en la fluidez de los destinatarios a quienes se dirige: para unos son los alejados de la fe, para otros las familias, para otros los jóvenes…de modo que puede acabar identificándose con la acción pastoral general.

c.- La Conferencia Episcopal portuguesa señala: “sería una contradicción hacer una evangelización antigua”, es decir, o la evangelización es nueva o deja de ser evangelización, por lo que el adjetivo “nueva” sería una redundancia. Por eso la Conferencia Episcopal alemana habla de “(nueva) evangelización” para poner de relieve el sustantivo.

d.- La novedad puede quedar desvirtuada a medida que pasa el tiempo, pues pierde su capacidad de interpelación; ya han pasado más de treinta años desde que Juan Pablo II lo usó en Nowa Huta, y las circunstancias de secularización se han convertido en habituales y cotidianas, en algo que ya no es novedoso; tal vez conviniera hablar de “evangelización continua” más que de “nueva evangelización”, y en este sentido acentuar más la permanente renovación de la evangelización en función de las circunstancias (pues la novedad pertenece intrínsecamente a la evangelización).

En las respuestas no se encuentran  referencias expresas a la misión ad gentes, salvo dos alusiones que tienen una “apertura misionera”: a) la constatación de que la misión ad gentes no es algo que se realice en poblaciones lejanas, sino que también ha de producirse en los propios países europeos; en este contexto se piensa sobre todo en los inmigrantes no cristianos; b) se señala el paralelismo con la Iglesia de Hechos de los Apóstoles, que vivía en una “cultura extranjera” y que por ello realizó el esfuerzo de salir del cenáculo a Pentecostés.

5. Aperturas misioneras de la Nueva Evangelización

A la luz de lo visto podemos señalar cuatro coordenadas que enmarcan la Nueva Evangelización y que constituyen asimismo puntos de referencia de la misión ad gentes:

a.- Es muy frecuente la mención de Mt 28,19-20 y Mc 16,15-16  como horizonte de apertura de los documentos sobre la Nueva Evangelización.  Así sucede con la presentación de los Lineamenta del próximo Sínodo de los obispos y en Ubicumque et semper. También lo encontramos en la Nota Doctrinal Acerca de algunos aspectos de la evangelización publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe el 3 de diciembre de 2007, que comienza precisando la distinción entre evangelización y nueva evangelización.  También se encuentra en un lugar clave en el motu proprio Porta Fidei para recordar que el año de la fe debe recordar que el Señor “nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra” (n. 7). De este modo la universalidad de la misión de la Iglesia (en la que se integra la Nueva Evangelización) queda claramente afirmada.

b.- Ese es por tanto el horizonte que se abre desde la experiencia originaria de la fe o de la experiencia cristiana. El “ardor misionero”, el aliento del espíritu misionero, no puede alimentarse más que desde las raíces de la fe. Por eso es tan constante la llamada a la conversión de los miembros de la Iglesia para acceder a un auténtico encuentro con el Señor. De este modo se superan los obstáculos que proceden del interior de la fe  y de la vida misma de la Iglesia. En este sentido tiene importancia fundamental recordar que la Nueva Evangelización tiene como destinatarias a las comunidades eclesiales, pues la infecundidad de la acción pastoral radica en el des-aliento de muchos cristianos. En Porta Fidei el papa recuerda la expresión de san Pablo: “El amor de Cristo nos apremia” (2Cor 5,14), pues “es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar” (e inmediatamente sigue la referencia a Mt 28,19 que mencionábamos anteriormente). Esta expresión paulina constituyó el eje del movimiento misionero del siglo XIX que tantos frutos aportó en el campo de la misión ad gentes.

c.-  Las iglesias concretas están redescubriendo su experiencia actual a la luz de la experiencia de las comunidades neotestamentarias: porque también se encuentran en una “cultura extranjera” es por lo que se dan cuenta del dinamismo entre el cenáculo y Pentecostés. El acontecimiento de Pentecostés es valorado por ello como invitación e interpelación, no sólo como modelo, sino como actualidad que debe ser protagonizada también en el momento presente.  Una de las Conferencias Episcopales, en la encuesta ya mencionada, decía que la Iglesia “llega a ser realmente ella misma cuando, empujada por el Espíritu Santo el día de Pentecostés, sale del cenáculo”. Sin el aliento y la mirada de Pentecostés las iglesias se sitúan en actitud de cenáculo aun cuando vivan en situación de cristiandad.

d.- La referencia a Ad Gentes 6 significa una revaloración del Decreto Ad Gentes, y por ello un modo nuevo de hacerlo actual y experiencia para las iglesias de vieja cristiandad (también aparece la referencia en el Instrumentum Laboris 12). La interpelación no procede simplemente de los capítulos finales, que desarrollan la organización y la cooperación misionera. Aunque no se hayan sacado todavía todas las consecuencias, la mención a  AG 6 es un paso importante para entrar en la lógica del dinamismo misionero, en el punto preciso en el que la misión única se modula y se precisa en virtud de las circunstancias.

Sobre todo los dos últimos puntos, presupuesto de los dos primeros, puede ayudarnos a comprender el paso que lleva a situar a la Iglesia en el corazón de la evangelización, experimentándola desde el dinamismo de la  misión y, de modo más concreto, del acto misionero en virtud del cual surge la Iglesia allí donde previamente no existía. Sólo desde este presupuesto la Nueva Evangelización y la misión ad gentes se encuentran, se complementan y se enriquecen. Es el camino que debe ser recorrido a partir de las cuatro coordenadas que hemos identificado. El punto de partida lo puede ofrecer el mismo texto de AG 6, pero situándolo en la lógica de Ad Gentes.

En esta dirección  se han dado algunos pasos significativos. Un ejemplo lo ofrece el symposium organizado por el Instituto W. Kasper sobre El desafío de la nueva evangelización. Impulsos para la revitalización de la fe 18. Resulta significativa la presencia de la misión ad gentes porque, como reconocen los participantes, la categoría “misión” no tiene buen cartel en algunos ambientes eclesiales por su vinculación con el colonialismo y la intolerancia. A pesar de ello se había invertido la perspectiva también en el contexto alemán, como había resumido con claridad F. Kamphaus: el cristianismo sólo existe porque existe la misión; de lo contrario no se habría ido más allá del judaísmo 19. En esta afirmación se puede notar un punto decisivo: la misión no se entiende de  modo genérico: hay que salir, es decir, cruzar una orilla, para nacer de nuevo más allá del judaísmo, en otra cultura, en otra sociedad. Ese “momento mágico” de nacer en lo desconocido indica algo más que el anuncio a los de fuera, algo más que atraer a quienes se alejan de la fe. Es por ello criterio irrenunciable para valorar si la evangelización realmente vive en el horizonte de Mt 28,19 y si  se deja llevar por la urgencia del amor de Cristo.

Del citado symposium vamos a destacar las intervenciones de los cardenales W. Kasper y K. Koch: aparte de su relevancia eclesial, son importantes porque fijan su atención en el punto central para nuestro tema.   Ambos acentúan que la Nueva Evangelización y el compromiso misionero deben partir  del interior de la Iglesia y de cada uno de los cristianos desde una experiencia personal de fe, pues el interés desequilibrado en las estructuras de la Iglesia acabaría en una horizontalización que dificultaría la percepción de Dios como una realidad viva 20. Sólo podremos salir al exterior seguros de nosotros mismos, observa G. Augustin, si encontramos y experimentamos a Dios en la Iglesia 21.

W. Kasper  reconoce con claridad que, a diferencia de lo que ocurría en otros contextos misioneros, no es posible distinguir con tanta nitidez entre el primer anuncio y la nueva evangelización de los bautizados 22. En el Congreso europeo de obispos y responsables de las Conferencias Episcopales para la catequesis en Europa afirmaba con claridad que Europa se había convertido en tierra de misión. Y para evitar una comprensión genérica de la misionariedad de la Iglesia, en el symposium que comentamos recoge la clasificación de RMi 33, para evitar que se confundan la Nueva Evangelización y la misión ad gentes 23. Esta referencia resulta iluminadora, dado que no es habitual en la literatura sobre la Nueva Evangelización. De este modo la peculiaridad de la misión ad gentes queda salvaguardada aunque se piense  para Europa.

El cardenal Koch  advierte que en cada generación es necesario volver a aprender desde su raíz la fe en la Iglesia. Y esta radicalidad es explicada con nitidez: las Iglesias históricas tienen que ir aprendiendo lo que las Iglesias libres (descritas como “Iglesias de misión”) hicieron hace ya mucho tiempo 24.  Se ha roto la idea constantiniana de vinculación Iglesia-sociedad (se ha agrandado la “separación” de la que arrancábamos en nuestra exposición), dentro de la cual se desarrollaron (en Alemania) la Iglesia Católica y las Iglesias mayoritarias de la Reforma; ahora bien, dentro del ámbito de la Reforma hubo algunas Iglesias que se negaron a vincularse a las estructuras políticas, y por ello eligieron nacer y  configurarse desde la libertad y desde la opción personal, en el fondo desde la dinámica misionera. Todo ello implica, podemos decir, un modo de ser cristiano y de ser Iglesia que debe ser aprendido por los miembros de las “Iglesias históricas”: de este modo la experiencia de misión se hace más viva y directa, de tal modo que se ve la Iglesia concreta viviendo desde y para la misión, en el seno del dinamismo misionero más genuino.

Este dinamismo es el presentado por la estructura de Ad Gentes, especialmente en los primeros cuatro capítulos, que son los que deben ser asumidos por todas las iglesias, también (y sobre todo) las iglesias occidentales para verse naciendo de la misión. Es el correctivo adecuado para que el recurso –ya  presentado- a AG 6 no sea simplemente una excusa para centrar la Nueva Evangelización en los países occidentales secularizados. Vamos a indicar cuatro puntos fundamentales que corresponden a cada uno de los capítulos del Decreto misionero.

1.- La fe, la vida eclesial y su misión deben ser planteadas más directamente en clave trinitaria y no simplemente cristológica: el encuentro personal con el Señor resucitado y vivo no debe desvincularse del seguimiento concreto de Jesús en su servicio al Reino de Dios, que condensa y sintetiza  el proyecto trinitario que ha dado origen a la historia de la revelación y de la salvación. De este modo la fe se hace concreta en cuanto implica la disponibilidad al seguimiento de Jesús. Pero además se pondría de relieve una doble perspectiva:

a.- el designio salvífico trinitario se despliega en un horizonte universal en amplitud y en intensidad, se refiere a todos los seres humanos y a todas las dimensiones de la realidad; por ello el creyente debe alcanzar la misma  anchura de la “mirada” del Dios creador y de su acción en todas las criaturas; de este modo obliga a comprometerse con la realidad desde lo que está llamada a ser, desde la armonía y la felicidad de su consumación definitiva; todo “lo que falta” hasta ese objetivo se levanta como una interpelación para la misión y el compromiso;

b.- la acción de Dios es trinitaria porque desde el amor fontal del Padre se originan las misiones del Hijo y del Espíritu; desde ese envío Dios aparece como “misionero”, de modo que el Hijo y el Espíritu son enviados de cara a la realización del designio salvífico; la misión de la Iglesia, de cada iglesia y de cada creyente, debe verse dentro de esa lógica, como servicio al cumplimiento de una misión que los antecede; la Iglesia, desde este punto de vista, es llamada a la existencia por la misión y para la misión, que es por definición universal.

2.-  El capítulo segundo relata la estructura de la “obra misionera”, y es la que debe convertirse en el paradigma de la pastoral de toda de la Iglesia así como de la vida cristiana; permite comprender el “momento mágico” al que aludíamos anteriormente, el paso que permite entender porqué surge la Iglesia allí donde no existía. Ese acontecimiento ha inaugurado la existencia también de las iglesias de vieja cristiandad, y debe ser recordado y celebrado como un memorial, para que toda comunidad cristiana agradezca su existencia a una acción misionera inaugural y fundacional.

Inicialmente  se hace presente el testimonio de vida de los cristianos en un ambiente ignorante u hostil, un testimonio que se despliega en las diversas actividades de la vida cotidiana. El testimonio va acompañado por el anuncio, por la predicación del Evangelio, que es lo que explica y da nombre a las razones que han suscitado y sostenido el testimonio. Del testimonio y del anuncio brota espontáneamente la invitación y la convocatoria, que desemboca en la iniciación cristiana y en la celebración eucarística. En virtud de este dinamismo se comprende desde lo concreto que la Iglesia queda situada efectivamente en el corazón de la misión.

3.-El desarrollo de la comunidad cristiana va dando origen a “iglesias jóvenes”, insertadas en su contexto, viviendo de la savia de las culturas nativas. Cada iglesia concreta (llámese particular o local) representa a la Iglesia universal y reconoce desde su origen que también ella ha sido enviada a aquellos que sin creer en Cristo viven con ella en el mismo territorio. La iglesia concreta, que nació de la misión, vive para la misión entre aquellos que no creen (o que han dejado de creer); esta diferencia es “posterior” a la identidad  de la iglesia que vive en la lógica de la misión.

Las nuevas iglesias quedan así incorporadas a la “comunión de iglesias” (única ocasión del Vaticano II en que se usa esta expresión), que por tanto asumen todas ellas la evangelización del mundo entero. La catolicidad de la Iglesia debe verse y vivirse también en el dinamismo misionero, que gracias a ellas se hace presente en todos los rincones del mundo. Resulta llamativo que este aspecto no esté presente en las reflexiones sobre la Nueva Evangelización, con lo  que se empobrece  la vida eclesial. La misión universal no puede reducirse al intercambio  de bienes y de dones entre las iglesias, pero tampoco  puede  ni entenderse ni realizarse sin ella. En un mundo globalizado adquiere todo su relieve la existencia de una Iglesia mundial, que se descubre así viviendo  en el seno  de una misión real y concretamente universal.

4.-  Porque hay fronteras y porque hay implicación de las iglesias es por lo que resulta necesaria la figura carismática y eclesial del misionero, como lo señala el capítulo cuarto. El misionero desde este punto de vista encarna una tarea que corresponde a toda la Iglesia: sintiéndose llamado y enviado, está dispuesto a perseverar toda la vida. Sin esa realidad carismática la Iglesia carecería de una de sus figuras peculiares (como el santo, el profeta y el místico). Y como se trata de un carisma esencial ha de haber personas que consagran toda su vida a esa tarea de ir cruzando orillas y fronteras.

6. La  animación misionera al servicio de una pastoral misionera

A la luz de lo visto la Nueva Evangelización adquiere más sentido y más fuerza en el marco de la misión ad gentes en toda su amplitud y especificidad. Así se cumplen dos criterios señalados en Redemptoris Missio: la misión ad gentes es paradigma del aliento misionero de la Iglesia; la misión ad intra y la misión ad extra se exigen y se potencian.

La nueva situación de la Iglesia ofrece la ocasión para que la animación misionera desempeñe un papel fundamental. Como observa J. L. Monees 25,  el primer desafío interior a la Iglesia, el más evidente, es poner en marcha una verdadera “pastoral misionera” para ayudar a los fieles a asumir estos tiempos difíciles como una ocasión de profundización en la propia fe y a sentirse responsables del anuncio del Evangelio.

La “pastoral misionera” exige que la animación misionera no se centre de modo unilateral en la ayuda a enviados a lugares lejanos, sino que esa ayuda y ese apoyo sean vistos como participación propia en una tarea de alcance universal que es tarea compartida. Lo que normalmente se entiende como cooperación misionera debe evitar toda “distancia” entre lo que realizan unos y lo que realizan otros, ya que es siempre la misión única asumida desde modalidades distintas.

El apoyo a los misioneros, que es un ejercicio de comunión intereclesial, debe servir para compartir con todas las iglesias el anuncio del Evangelio y el desarrollo de la vida eclesial en el seno del mundo globalizado y plural. La mirada realista al mundo global y complejo ayudará a  que todas las iglesias compartan la común experiencia de vivir de la misión y para la misión.

En las actuales circunstancias históricas, dentro de la actitud de diálogo y de colaboración,  debe tenerse en cuenta la salvaguarda de la originalidad de la fe cristiana en un escenario en el que existen otras religiones juntamente con la increencia y el paganismo. De este modo no sólo se experimentará el gozo de la fe, como sentido para la propia vida, sino que se acentuará  el deseo del anuncio, desde la convicción de que se ofrece una clave para la configuración de la vida social y de los valores que la sostienen. Así como se ha podido decir con razón que el cristiano del futuro será misionero o no lo será, del mismo modo podemos decir que el cristiano del futuro o vivirá este fervor misionero o  abandonará  la fe paulatinamente. La fe se fortalece dándola porque la fe es un don recibido para comunicarlo.

La animación misionera, al servicio de una pastoral misionera, ha de ser consciente de su necesaria inserción en el entramado de la pastoral ordinaria y de conjunto. Representa un ministerio tan importante como el de catequista o el de  voluntario  de  Cáritas: debe hacer presente el milagro de una comunidad que nace de la aceptación de la Palabra anunciada y abierta a su proclamación  en todas las direcciones, hasta los confines de la tierra. Y en este servicio debe recordar proféticamente a las iglesias las barreras o fronteras que debe ir saltando y rebasando.

La figura del misionero ad vitam y ad gentes  debe ser presentada como una realización también paradigmática de la vida cristiana y como modelo de realización humana. Todas las modalidades de servicio misionero deben ser valoradas y potenciadas, pero sin que ello relativice esa vocación específica: en ella se condensa no sólo la consagración a los otros, especialmente a los más necesitados,  sino  también  la comunión entre las iglesias y el aliento más genuino de la revelación cristiana, y en definitiva del sentido más radical y apasionante de la misión. Si, como hemos visto, la Iglesia nace del corazón de una misión de alcance universal, el misionero ad vitam y ad gentes encarna la pasión por la misión, mostrando en su testimonio que merece la pena la consagración de la propia vida como manantial de felicidad y de personalización.

De este modo se contribuirá a que se haga realidad el dinamismo que hemos indicado: la evangelización pasa al corazón de la Iglesia para que la Iglesia misma se vea surgiendo del dinamismo de la misión, de esa misión que arranca del amor fontal del Padre y que se despliega en el tiempo a través de las misiones del Hijo y del Espíritu, con la pretensión de alcanzar a la humanidad entera en todas las dimensiones de su existencia.

 

Θ Sacerdote de la diócesis de Burgos. Profesor en la Facultad del Norte de España, sede de Burgos. Como especialista en Misionología participa en el Foro de la revista Misiones Extranjeras y forma parte del Consejo de Redacción de la misma. Esta ponencia fue presentada en la 65ª Semana Española de Misionología (Burgos, 9-12 julio).

1 Les enjeux de la Nouvelle Évangelisation, La Documentation Catholique nº  2490 (20.5.2012) 475.

2 En L´apostolat rural recoge artículos de años anteriores; fue publicado en París en 1937 y prologado por el cardenal de París Suhard;  cf. p. 193.

3Cf. E. Poulat, La religion en France de la fin du XVIII siècle à nos jours, París 1977, 141-160.

4En esa línea se expresó Mons. Volk: AS I/4, 388: “non satis sapit Evangelium pro fidelibus catholicis, pro a nobis separatos et pro universo mundo”; la doctrina dogmática de la Iglesia “proponi potest et debet a Concilio tamquam evangelium, is est euanggelion, et sic est ut dogmatica doctrina in se sit vere pastoralis. Virtutem salutare quam doctrina ex se ipsa non habet, neque exerecitium pastorale addere potest”.

5 Le Concile, l´Église…et les autres, LV 45 (1959) 74.

6 G. Matagrin, Le chêne et la futaie. Une Église avec les hommes de ce temps, Bayard, París 2000, 106-107.

7 Le concile Vatican II. Une réalité surprenant, Documentation Catholique n. 2478 (2011) 1001.

8 cf. La Documentation Catholique n. 2240, 21 de enero de 2001, p. 91.

9 R. Fisichella, La nueva evangelización, Sal Terrae, Santander 2012, 115-116.

10 ibid. 13.

11 ibid. 116.

12 ibid. 64.

13 ibid. 116.

14 ibid. 31.

15 Art.cit. 475.

16 R. Fisichella o.c. 29.

17 J. L. Monees, Une nouvelle Pentecôte pour l´Église d´Europe, La Documentation Catholique n. 2490 (20.5.2012) 478ss.

18 Está publicado bajo este título, editado por G. Augustin, en Sal Terrae, Santander 2012.

19 Die Welt zusammenhalten. Reden gegen den Strom, Friburgo i.Br. 2008, 125.

20 W. Kasper, La nueva evangelización: un desafío pastoral, teológico y espiritual, en G. Augustin (ed.) o.c. 12-15.

21 Caminos hacia el éxito de la nueva evangelización, en G. Augustin (ed.) o.c. 142.

22 Art. cit.

23 La nueva evangelización… 30ss.

24 ¿Misión o des-misión de la Iglesia?, en G. Augustin (ed.) o.c. 45.

25 Art. cit. 481.

 

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